Cómo migrar de Windows a Linux sin perder tus datos ni volverte loco
Guía completa y actualizada para pasar de Windows a Linux manteniendo tus archivos, configuraciones y hábitos. Paso a paso, con enfoque en hardware reciclado y usuarios que recién empiezan.
Cambiar de Windows a Linux suele dar más miedo del que merece. La mayoría de las veces el principal obstáculo no es la terminal ni los comandos, sino el terror a perder fotos, documentos o que la impresora deje de funcionar. Esta guía está pensada precisamente para eso: migrar de forma segura, sin apagar la máquina de Windows hasta que todo esté probado en Linux.
Primero, elegí la distro que más se parezca a lo que ya conocés. Si venís de Windows 10/11 y querés algo intuitivo, probá Linux Mint Cinnamon. Es la que mejor balancea familiaridad y estabilidad. Si tu equipo es viejo (más de 8 años o con 4 GB de RAM), mejor arrancá con Linux Mint XFCE o Lubuntu. Ambas corren livianas y no te van a dejar esperando.
Preparación en Windows (antes de tocar nada)
Hacé una copia de seguridad completa de tus datos. No confíes solo en OneDrive. Usá un disco externo o dos pendrives grandes. Copiá las carpetas completas: Documentos, Imágenes, Descargas, Escritorio y todo lo que tengas en C:\Users\TuUsuario.
Exportá tus marcadores del navegador. En Chrome o Edge abrí el menú, seleccioná Marcadores → Administrador de marcadores → Exportar. Guardalo como HTML. Lo mismo con tus correos si usás Outlook: exportá a PST o simplemente pasate a Thunderbird después.
Tomá nota de los programas que usás a diario. Hacete una lista: navegador, reproductor de video, editor de texto, cliente de correo, app de mensajería. La mayoría tienen versión nativa para Linux o un equivalente excelente. Por ejemplo, en vez de Office podés usar LibreOffice (viene preinstalado en Mint) y para Photoshop está GIMP o Photopea en el navegador.
Crear un USB booteable correctamente
Descargá el ISO de Linux Mint desde el sitio oficial. No uses mirrors dudosos. Luego, bajate Rufus (en Windows) o Balena Etcher. En Rufus, seleccioná el ISO, elegí el esquema de particiones GPT (si tu PC es moderna) y hacé clic en Empezar. Es más fácil que elegir contraseña de WiFi.
Reiniciá la computadora y entrá a la BIOS (generalmente apretando F2, F10, Supr o Esc según la marca). Buscá la opción Boot y poné el USB primero en el orden. Guardá con F10 y salí.
Probar Linux sin instalar nada (el paso que salva vidas)
Cuando arranque desde el USB vas a ver la opción “Iniciar Linux Mint”. Elegila. Ahora estás corriendo Linux entero desde el pendrive, sin tocar tu disco duro. Probá el WiFi, el sonido, la resolución de pantalla, el touchpad si es notebook. Abrí Firefox, conectate a tu WiFi, entrá a tus sitios habituales. Si todo anda, ya tenés 80% del camino hecho.
Si algo no funciona (por ejemplo, WiFi de chipset Realtek reciente), anotá el modelo exacto del hardware. Después buscá “nombre-del-chipset Linux Mint” y casi siempre hay un driver o un comando de dos líneas que lo soluciona.
La instalación propiamente dicha
Cuando estés convencido, hacé doble clic en el icono “Instalar Linux Mint” que aparece en el escritorio. El asistente es más sencillo que el de Windows. Elegí tu idioma, teclado (español latinoamérica) y, lo más importante, la opción “Instalar junto a Windows” o “Algo más” si querés manejar las particiones vos mismo.
Si elegís “Algo más”, creá una partición para / (raíz) de al menos 30 GB en formato ext4 y una partición swap de 4 a 8 GB según tu RAM. El instalador te permite reducir la partición de Windows sin borrarla. Es seguro siempre que hayas hecho backup antes.
Después de instalar: primeros 30 minutos críticos
Reiniciá, sacá el USB y entrá a Linux por primera vez. Actualizá todo inmediatamente:
sudo apt update && sudo apt upgrade -y
Instalá los paquetes básicos que te van a hacer falta:
sudo apt install ubuntu-restricted-extras vlc gimp libreoffice thunderbird timeshift -y
Timeshift es tu mejor amigo. Configuralo para que haga snapshots del sistema cada semana. Así si algo sale mal podés volver atrás como si nada.
Migrando tus datos de vuelta
Montá el disco de Windows (generalmente aparece en la barra lateral del explorador de archivos como “Windows” o “Disco local”). Copiá tus carpetas a /home/tuusuario. No copies la carpeta completa de Windows, solo tus archivos personales. Evitá copiar AppData o carpetas ocultas a menos que sepas exactamente qué estás haciendo.
Configurá tus programas favoritos. Firefox ya viene instalado; solo tenés que importar los marcadores desde el HTML que guardaste. Thunderbird es idéntico al Outlook en muchos aspectos y soporta tus cuentas IMAP sin drama.
Hardware y periféricos: lo que suele dar problemas
- Impresoras: la mayoría de las marcas tienen drivers en Linux. Abrí Configuración → Impresoras y dejá que busque. Si no aparece, instalá system-config-printer.
- Tarjetas de video NVIDIA: instalá el controlador propietario desde el Gestor de Controladores (Driver Manager).
- WiFi Broadcom o Realtek: a veces requiere instalar
firmware-b43-installerortl8821ce-dkmssegún el modelo. Buscá el error exacto que te da y vas a encontrar la solución en dos minutos.
Cambiando hábitos sin darte cuenta
La terminal no es obligatoria, pero te va a ahorrar muchísimo tiempo. Empezá con comandos básicos:
lspara ver archivoscdpara cambiar de carpetacpymvpara copiar y moverupdateyupgradepara mantener todo al día
No hace falta que memorices nada. Cada vez que necesites algo nuevo, preguntá en foros como foro.mamalibre.com.ar o en AskUbuntu. La comunidad es mucho más amable de lo que la fama sugiere.
Dual boot o borrar Windows del todo
Si después de un mes seguís usando Windows más que Linux, dejá el dual boot. Es completamente reversible. Si ya estás convencido, podés agrandar la partición de Linux con GParted desde un live USB. Siempre con backup, claro.
La migración no termina el día que instalás Linux. Lleva unas semanas acostumbrarte a las pequeñas diferencias: dónde están las opciones, cómo se instalan programas, que ya no hay registros ni antivirus pesados. Pero una vez que pasás ese período, difícilmente querás volver.
Linux no es mejor en todo, pero es tuyo. Nadie te obliga a actualizar cuando no querés, nadie te mete publicidad en el menú inicio y nadie decide por vos qué software podés instalar. Esa libertad se siente distinto cuando la vivís en tu propia máquina.
¿Y vos? ¿En qué etapa de la migración estás? Contanos en los comentarios qué es lo que más te frena o qué ya lograste resolver. Entre todos siempre aparece la solución que falta.